Han pasado 1.000 años y han sido millones las personas frustradas al pensar que no tenían talento.
No podemos recuperar el talento perdido de generaciones pasadas, ni tampoco los millones de horas de ocio, diversión, expresión y placer terapéutico que ofrece sentarse a tocar un instrumento. Al no existir durante diez siglos ninguna otra notación musical moderna que le hiciera sombra al solfeo tradicional, se produjo un sesgo perverso: aquellos alumnos dotados de un oído absoluto prodigioso o una memoria auditiva sobrehumana triunfaban simplemente sorteando el solfeo (memorizaban lo que el maestro tocaba y simulaban leer). Sin embargo, incontables personas con una sensibilidad artística y una musicalidad genuina fueron catalogadas injustamente como «incapaces» o «sin oído», abandonando la música aplastadas por un código gráfico hostil.